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La mayor
parte de mi infancia la he vivido en el
campo de mis abuelos, justo al margen de
la carretera nacional A-382
(Arcos-Jerez) Allí he sido testigo de
como la carretera destruye
sistemáticamente las vidas de millones
de animales salvajes y domésticos. El
hecho me marcó considerablemente y
prueba de ello es este proyecto, en el
camino de convertirse en algo mayor y
más elaborado.
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Con mi
primera cámara de fotos Zenit 12 XP y mi
moto Rieju de 49 cc (las dos de segunda
mano), nos
echámos a la carretera para poner en marcha
el proyecto. El espectáculo era cada vez
algo
diferente. Era imposible predecir qué
sería lo próximo que íbamos a encontrar.
La estampa siembre nos inspiraba una
extraña sensación de amargura que se
mezclaba desagradablemente con el
entusiasmo de haber hecho una buena
foto. |
Es
sorprendente comprobar como la anatomía
de la criatura podía ser moldeada de
formas tan grotescas. El encuentro entre
la carne y la máquina era espantoso. A
veces un animal conservaba aún su
belleza natural, pero una parte de su
cuerpo había quedado deformada sobre el
asfalto, como si fuera mantequilla
untada sobre una tostada. Otras, el
animal era irreconocible. Sólo podía
apreciarse un amasijo informe de carne y
huesos.
Pero su
valor estético, el de cada una de los
animales, era innegable y chocaba
violentamente con el pensamiento de que
aquella era la expresión más infame de
desprecio e indiferencia hacia cualquier
criatura sensible que cayera bajo las
ruedas de un vehículo.
En las
salidas íbamos siempre mi hermana Eli y
yo. En algunas ocasiones también venía
Iván, como segunda cámara. Eli tomaba
nota en una libreta de todos los datos
técnicos de cada foto: lugar, hora,
exposición, flash, etc. Francisco Medina
revelaba después las películas en blanco
y negro en un laboratorio doméstico. El
resultado fue en cierto modo
experimental, pero nos dejó abierta una
puerta hacia un proyecto sin duda
apasionante e inagotable que seguro
retomaré en el futuro. |