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Es fácil ser arrastrados por el
asombro cuando pasamos revista a los
inconmensurables tesoros que tenemos a
alcance de la mano, ante nuestros ojos
desnudos. Y todos los artificios que el
ser humano haya podido crear en su fútil
intento de imitarlos se ensombrecen y
disuelven en el brumoso océano de la
mediocridad.
El Arte -¿el Arte?- último bastión de la
libertad humana, se estremece en el caos
de la autosuficiencia. La sensibilidad
ha dejado de ser el estandarte del alma
y todos reclaman ante un dios borracho
su derecho a la gloria inmortal. En esta
maratón frenética, la virtuosidad y lo
insólito son los determinantes del
triunfo. El espectáculo se vuelve cada
vez más esperpéntico. Los participantes
cada vez más osados. El resultado es un
gran circo de monstruos y payasos que
actúan, sin saberlo, sobre el reflejo de
un viejo escenario.
Y yo me quedé atrás. Enredado en la
madeja de las preguntas que no pueden
responderse. Desnudándome de mis todavía
lustrosas ropas de colores. Voy a
disfrutar pensando que todo es una
broma. También el Arte lo es.
Una vez que el romanticismo primaveral
mordió el polvo y los ideales inculcados
se rompieron como una vidriera apedreada
por los niños, ya sólo me queda
disfrutar del espectáculo simiesco del
hombre y alabar la obra infinita del
Universo insondable.
¡El Arte existe!, pero lo más
probable es que sólo podamos encontrarlo en los ojos
del espectador.
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